Kevin Parker: una vida familiar de tropezar, levantarse, andar… y “vivir para contarla”

12 Abril, 2020
Hay opciones al dejar la niñez y luego la adolescencia en este mundo de hoy. En el camino, lo ideal sería estudiar, graduarse y trabajar. Algunos combinan esa tríada de forma perfecta; en otros, tanto accidentes familiares como buenas razones provocan saltos o combinaciones. ¿Qué sucedió con Kevin Parker?

Pocos creerán que la palabra “cambio”, presente en varias producciones de Tame Impala, o alguna equivalente de aquella, rememora la primera vida del líder de la banda australiana. Que si Innerspeaker (2010), Lonerism (2012) o Currents (2015), todas muestran ese vocablo. Menos darán por hecho que leer “100 años de soledad”, en buena medida referida al devenir de personajes de un mismo grupo familiar, lograría establecer algún vínculo sentimental en la vida de Parker. Al parecer así es, dadas las revelaciones del mismo personaje, un ícono actual del rock sicodélico.

El primer divorcio de sus padres (¡hubo 2!) llegó cuando contaba 4 años de edad; eso también lo separó de Stephen, su hermano. Kevin con la madre y el otro con el padre; ningún comentario de la hermana. El primogenitor vivió la separación de su siguiente pareja y volvió con la esposa anterior, la madre de Parker… para repetir un segundo divorcio con esta, ya sin retorno. De su madre dice que mostraba “…un espíritu ’libre’…” (¿?) y, de la propia familia, que “…era un drama, incluso después del divorcio”. Y de este expresa que “…no fue el final de todo… Fue una mierda para mi hermano y para mí. Era muy confuso”. La muerte del padre lo casó con las drogas y se distanció por un tiempo de su madre. Casi al final, contrajo matrimonio con quien conoció a los 13 años y mantuvo noviazgo por 5: la empresaria Sophie Lawrence.

Pero guardar hoy entre sus fans a figuras como Travis Scott, Lady Gaga, Rihanna y otras de idéntica talla, hará pensar a cualquiera que Parker nunca estuvo caído, que se habría levantado ante el llamado del carpintero de Jerusalén y que valió la pena “Vivir para contarla”, igual que el título de otra deslumbrante entrega de “El Gabo”.

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